martes, 3 de febrero de 2009

De selva, sabores y sueños






A veces los que vivimos en la ciudad nos olvidamos de esos pequeños detalles tan importantes que nos hacen sentirnos realmente vivos.
Hace unas semanas, fui a un viaje a Tabasco a una hacienda cacaotera con unos amigos chefs y la experiencia fue mucho más de lo que había esperado... Aquí algunas de esas pequeñas cosas que descubrí, no sólo en medio de la selva, sino en mi.

Mordí un árbol de canela, sabía a canela... Un día antes Aquiles y JoseRa (mis amigos chefs) lo habían mordido y ahí seguían sus marcas de dientes, supongo que las mías van a estar ahí un buen rato,

También vi una enredadera de orquideas de vainilla y aunque estaban cerradas se veían lindas, y pueden trepar muuy alto, hasta donde les permitas, la flor es una orquídea que abre sólo 6 horas al año y la cual se tiene que polinizar a mano una por una para que de vaina.

Luego me dieron unas hojas de un arbol para que adivinara que era, y cuando las froté entre las manos me di cuenta que olía a pimienta, al principio me confundí con respecto a que tipo de pimienta era, pero era más que obvio que era pimienta de Tabasco, de esa gorda que da un toque picante y traviezo a todo lo que toca, como esas gordas simpáticas que bailan y rien, y que nunca deben faltar en las bodas o en las fiestas familiares.

Y después las hojas del árbol de tamarindo... saben ácidas. Agarré unas cuantas para hacer una infusión pero luego entre la plática y la lluvia monzónica perdí el hilo y me olvidé de ellas.

Y el cacao... la florecita blanca sólo se abre durante dos días... no se puede polinizar a mano porque es muy chiquita, y hay hormiguitas y mosquitas de fruta que la polinizan, de hecho hay muchos árboles frutales por ahí, dejan que se maduren las frutas y se caigan al suelo para que se hagan moscas de la fruta que luego instintivamente van a la flor y luego !voilá! sale un fruto que tiene dentro una pulpa blanca y dulce de cuyas semillas sale el cacao.

Es curioso, de pronto vas caminando entre las plantaciones de cacao y huele a cítricos, y hay pomelos del tamaño de una pelota.

Entre los árboles super altos y fuertes hay una gruesa alfombra de hojas secas de diferentes tonos de café, las dejan para que no se vaya la humedad y las plantas no se mueran durante la sequía tabasqueña, que aseguran puede ser terrible.

Hay changos... pasan corriendo por arriba de los árboles y sólo se escuchan las ramas moviéndose y las frutas cayendo, y el olor saliendo de ellas.

Y vi un árbol de caucho con unas marcas que le habían hecho con un cuchillo, quité una capa que se hacía en cada herida del árbol y saqué un poquito... es espeso, pero al contacto con el aire se hace como plástico. Me dijeron que así hacían sus sandalias los indios antes de que llegaran los españoles y con eso hacía sus llantas la Firestone antes de descubrir los químicos para fabricar caucho sintético, aunque el otro día leí que hay llantas ecológicas que están volviendo a los elementos básicos.

Ahhhh también me enseñaron el árbol de chicle... es una maravilla. Le cortaron una rama y salía una leche blanca que me puse entre los dedos y unos segundos después estaba pegajosa y elástica.

Y la hoja santa que de santa no tiene nada, porque el aroma que despide es verdaderamente pecaminoso…

En fin, definitivamente en esos paseos cortos se descubren grandes cosas... y son esas cosas las que nos hacen valorar lo que nos sirven en el plato o en nuestras vidas. A veces se nos olvida o simplemente no sabemos de donde vienen las cosas, y con ello nos perdemos toda la magia que implica algo aparentemente tan sencillo.

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