
Aquí estoy en la sala de mi casa, acostada en el sillón con una humeante taza de rooibos en la zurda y un libro de cuentos en la diestra. De cuando en cuando hecho una ojeada a los edificios que se asoman por mi ventana y de pronto, las palabras y las ideas comienzan a atropellarse entre piratas, galeones y el Charly de Kipling, cuando me doy cuenta que no estoy entendiendo ni jota de la historia.
Fue entonces que me golpeó de frente la realidad... Me está pegando la crisis. Y si, el tema que yo quería evitar a toda costa y que hasta una sonrisa socarrona me causaba al ver por las mañanas el noticiero de Loret de Mola, se está convirtiendo justo ahora en una de esas veintisiete cosas que he dicho que no haré o no diré y que termino degustando una por una en franca glotonería.
La cuestión no es nada nueva, crisis laboral, económica y la que no veía venir... Crisis existensial, no mía, sino de un satélite que daba vueltas por mi órbita y que acabó haciendo colisión con el planeta que según yo servía de eje gravitatorio, causándome un desconcierto y una zozobra tal que por momentos me hace perder el centro.
Entonces, así nomás, recordé un viaje a Papantla que hice en febrero para la pisca de la vainilla. Porque para los que no saben, la vainilla es una vaina (de ahí su original nombre) que surge mágicamente de una orquídea oriunda de la zona de Totonacapan (o sea Veracruz y según entiendo parte de Puebla) que acorde a comentarios de los vainilleros es tan complicada como una mujer.
Ahí estaba yo, entre el verde de las plantas trepadoras -que con una buena guía (árbol, vara, etc.) llegan a medir hasta 30 metros- y el color alimonado de las vainas, -que cuando llegan a su mejor momento alcanzan los 22 centímetros-, que se cortan, se recolectan, luego se escalfan en agua caliente para cortarles el proceso de maduración y posteriormente se tienden en un petate durante 20 soles. Dije bien, 20 soles, no días, porque si se sacan cuando no hay sol, se humedecen y se hechan a perder. Así corte que corte, pisca que pisca, escuché una de las historias más inspiradoras que me ha dejado la gastronomía y que viene como pan caliente para estas épocas de frío interno...
Resulta que esta orquídea, es la única en el mundo que da fruto y !que fruto! y en condiciones reguladas, es decir de invernadero, con una temperatura y humedad constantes, la planta se sentiría de lo más cómoda y crecería a diestra y siniestra sin dar nunca una flor y por supuesto ni una sola vaina de aromática y deliciosa vainilla.
Los vainilleros no quieren eso, por ello la verdosa trepadora, requiere ser sometida a estrés, en el caso de la vainilla de Madagascar, restringiéndole el alimento de la tierra y el agua, y en el caso de la oriunda de Papantla, por temperatura. Así, durante la época de frío esta planta que ha venido guardando fuerzas y energía durante varios meses, siente que se va a morir, y así saca la casta y florece durante 6 horas, momento en que debe ser polinizada, ya sea por la diminuta abeja melipona, o por pequeñas varas de bambú manejadas por la mano del hombre.
Supongo que como la vainilla, los seres humanos requerimos de pronto salir de esa zona de confort y sentirnos bajo amenaza bara sacar lo mejor y entonces florecer. Tal vez para eso son las crisis, ya sean mundiales, nacionales o personales, para darnos una oportunidad de sacar algo mágico e inesperado, por más que uno no se espere las heladas que de pronto llegan a nuestras vidas.
Santos, gracias por animarme a escribir.

